Espadas y Corazones: historia Argentina “bajada a tierra”

Espadas y Corazones: historia Argentina “bajada a tierra”

Cabildo Abierto

Disfruté cerrar el 2016 leyendo Espadas y Corazones, de Daniel Balmaceda. Había oído hablar mucho de Balmaceda, y era una cuenta pendiente. Luego de varios años como “nómade digital”, 2016 fue el año que más tiempo estuve en Argentina desde el 2009, lo que me despertó un nuevo interés por la historia de mi país. Lamento comunicarle a mi querida Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini que mis clases de historia allí fueron somníferas.

Con su formato de breves anécdotas peculiares, y su humanización de la historia argentina, Espadas y Corazones fue una lectura muy amena.. Mi intuición es que la historia es una de las áreas de literatura que necesita más humanización, más “bajada a tierra”, para que curiosos amateurs como yo puedan disfrutar adentrarse en un campo de conocimiento tan intimidante. La literatura de los negocios, por ejemplo, ha entendido esto muy bien. No puedo decir lo mismo de la literatura del arte.

Comparto algunos fragmentos favoritos de Espadas y Corazones:

El Cabildo Abierto costó 315 pesos. Con ese dinero se pagaron los dieciséis botellones de vino, más chocolates y bizcochos que los asistentes consumieron como refrigerio. Sí, nuestros patriotas tomaron las primeras decisiones entonados.


La mala salud fue un tormento que acompaño al Libertador [San Martín] durante toda su vida. Además del cólera mencionado, padeció ataques de asma, paludismo y cataratas. Curaba enfermedades venéreas con mercurio que le provocaba úlceras insoportables que trataba de mitigar con opio, lo que lo convirtió en adicto. Y, por si fuera poco, durante toda su campaña sufrió de un reumatismo que le hacía sentir que estallaba por dentro cuando cabalgaba. También lo atacaba el mal de gota, que le paralizaba la mano diestra. A pesar de ser una enfermería ambulante, nada lo detuvo.


Parera regresó a España en 1818: por más que fuera el autor del himno, era español, y sentía que su pellejo corría peligro frente a tanta efervescencia revolucionaria de los criollos. No era para menos: Liniers, héroe de las Invasiones Inglesas, fue fusilado; Álzaga, baluarte de la Defensa en 1807, ahorcado; Moreno, adalid de la corriente más extremista, envenenado. Acá no existían garantías para nadie y Parera se volvió a sus pagos.


Algunos años más tarde, [Juan de Dios Rivera] ya instalado en Buenos Aires y casado con Mercedes Rondeau, realizó un grabado de Nuestra Señora de Luján en forma gratuita. El obispo porteño, Manuel Azamor, en cambio, vio el negocio: mando hacer miles de copias, aclarando que quienes las comprarán recibirían 120 días de indulgencia. Es decir, cuatro meses de pecados perdonados. La ofrenda de Rivera terminó convirtiéndose en el mayor éxito de ventas de 1789. La Asamblea del año XIII contrató a Rivera, el más prestigioso grabador de la época, para que crease un sello que la identificara. Juan de Dios no demoró en entregar el diseño que terminaría convirtiéndose en el Escudo argentino.


Calzadilla nunca menciona el nombre que tuvo en su época femenina. Es obvio que no lo llamaban Santiago. Tal vez, le hacían usar su segundo nombre, María. O los apodos que se estilaban para las Marías en aquel tiempo: Marica o Mariquita.


El 15 de febrero de 1811, nació un futuro presidente: Faustino Valentín Sarmiento, a quien le desapareció un Valentín y se le antepuso un inexplicable Domingo. Su hijo, Dominguito (Domingo Fidel), era en realidad hijo del chileno Domingo Castro y de Benita Martínez Pastoriza. Cuando ella enviudó, se unió a Sarmiento y le dieron el apellido del padrastro. Ese día dejó de ser Domingo Fidel Castro.


“No creo en la educación del amo, que se apaga con la posesión. Yo definiría esta pasión así: un deseo para satisfacerse. Parta usted desde ahora del principio de que no se amarán siempre. Cuide usted pues cultivar el aprecio de su mujer y de apreciarla por sus buenas calidades. Oiga usted esto, porque es capital. Su felicidad depende de la observancia de este precepto. No abuse de los goces del amor; no traspase los límites de la decencia; no haga a su esposa perder el pudor a fuerza de prestarse a todo género de locuras. Cada nuevo goce es una ilusión perdida para siempre; cada nuevo favor de la mujer es un pedazo que se arranca al amor. Yo he agotado algunos amores y he concluido por mirar con repugnancia a mujeres apreciables que no tenían a mis ojos más defectos que haberme complacido demasiado. Los amores ilegítimos tienen eso de sabroso, que siendo la mujer más independiente aguijonea nuestros deseos con la resistencia”. – Domingo F. Sarmiento


En 1816, Tomás Godoy Cruz fue diputado por Cuyo y asistió al Congreso de Tucumán. Era el más joven y, a la vez, una especie de vocero del general San Martín dentro del grupo que declaró la Independencia. Siguiendo los consejos del Libertador, Godoy Cruz impuso en el Congreso el nombramiento de Juan Martín de Pueyrredon como Director Supremo. Con esa jugada política, San Martín se aseguraba el apoyo del Gobierno para llevar a cabo la empresa bélica más espectacular de todos los tiempos: el cruce de los Andes. Por eso se afirma que la campaña a Chile se gestó gracias a los oficios de tres hombres: San Martín, Pueyrredon y el joven de 24 años, Godoy Cruz.


El 15 de mayo de 1852, Tomás Godoy Cruz murió en su casa. Luz Sosa [esposa de Tomás] decidió ocultar la muerte porque esa noche daba una fiesta. Simplemente, cuando una criada le anunció lo que había ocurrido, ordenó taparlo con una manta. Se pasó toda la noche bailando minués y recién a la mañana siguiente comunicó la noticia.


Leandro Alén sintió que el apellido le pesaba y se lo cambió por el de Alem. Eso no fue todo. En sus tarjetas personas y en su firma apareció una nueva modificación: allí figuraba como Ln. Alem. Alguien le preguntó que quería decir esa ene y él respondió: “Quiere decir nada”. Para la posteridad él fue Leandro N. Alem. Y hasta se le invitó un nombre para esa ene inicial. Sin ningún tipo de fundamento, quedó como Leandro Nicéforo Alem.

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