Hacemos y Sabemos Según a Quién Conocemos

Hacemos y Sabemos Según a Quién Conocemos

El riesgo es parte de la vida.

Corremos riesgos cada vez que elegimos qué leer, qué escuchar, con quién casarnos, a quién votar, a dónde viajar, qué comprar, a quién contratar, qué estudiar…

Decimos “sí” a una opción y “no” a otras alternativas que, tal vez, hubiesen dado mejores resultados.

Nuestra vida es una cadena de “apuestas” en las que invertimos nuestro tiempo, atención, dinero y otros recursos con la esperanza de conseguir lo que buscamos…

¿Pero cómo elegimos por qué o quién apostar?

A partir de la información que hemos acumulado en el pasado, y la información que recibimos cada día de nuestras fuentes de confianza: escuchamos a las fuentes en las que confiamos, rechazamos a las fuentes que nos generan desconfianza, e ignoramos la información de las fuentes que desconocemos.

Si queremos tomar mejores decisiones, y correr menos riesgos de fracasar en nuestros objetivos, debemos analizar si nos estamos informando de las fuentes correctas.

Este es el desafío moderno más importante y popular del siglo XXI.


La Confianza en Tiempos Tribales

Hace miles de años, cuando nuestra vida social se limitaba a nuestra pequeña tribu, muchas cosas podían salir mal. El entorno era hostil: a veces el alimento era escaso, o debíamos combatir con otras tribus, o nos amenazaba el clima, los depredadores o las bacterias.

Los humanos dependían de la colaboración para sobrevivir: unos cazaban, algunos recolectaban, otros construían refugios y protegían a los más débiles.

El mundo era impredecible, y las consecuencias de una mala decisión eran muy costosas. La confianza entre los miembros de la tribu era esencial para mantenernos informados y tomar mejores decisiones ante los peligros que nos rodeaban.

Nuestra supervivencia dependía de apostar en las personas correctas.

Si debíamos salir a cazar, apostábamos por que otros miembros de la tribu protegerían a nuestra crías. Si debíamos construir un refugio, apostábamos en la habilidad de los cazadores y recolectores de traer comida para esa noche. Hacer la apuesta equivocada, podía significar nuestra muerte, la de nuestras crías o la de la tribu.

Con la expansión y conquistas de la humanidad sobre la naturaleza, muchas de las viejas amenazas desaparecieron o se transformaron. Las viejas tribus han dado lugar a pueblos y ciudades mejor preparadas para satisfacer nuestras necesidades y protegernos de peligros. Pero durante aquellos milenios tribales, nuestro principal mecanismo de colaboración era la confianza directa que teníamos en miembros de la comunidad que conocíamos personalmente.

Una de las razones por la que este mecanismo de colaboración tan primitivo no fue suficiente para escalar nuestras sociedades más allá del modelo tribal, es porque para confiar en otra persona y sus acciones a futuro debemos almacenar en nuestra memoria sus atributos e historial de resultados.

Para confiar debemos recordar, y nuestra memoria es limitada.

Nuestras tribus eran pequeñas en parte porque no podíamos recordar, y por lo tanto confiar, en grandes números de personas. Robin Dunbar popularizó el número 150 como el tope de individuos que pueden relacionarse dentro de un sistema, debido al tamaño de la neocorteza cerebral y los límites de su capacidad de proceso.

Estos miles de años tribales han dejado su marca en nosotros…

La humanidad evolucionó en muchos aspectos, pero aún compartimos las mismas limitaciones biológicas de nuestros antepasados. Aunque el contexto cambió, seguimos siendo esos seres tribales que tienen una cantidad limitada de memoria y confianza para distribuir en otras personas, con la esperanza de hacer las apuestas correctas.

Aunque las probabilidades hoy en día de que nos almuerce un león o nos invada otra tribu son muy bajas, seguimos programados para apoyarnos en un número selecto de agentes para navegar la sociedad moderna.

Aún en el siglo XXI, apostamos a diario nuestro tiempo, dinero, atención y otros recursos en nuestras fuentes de confianza, con la esperanza de que nos ayuden a conseguir nuestros objetivos.

No podemos ir por todo. Todos debemos ceder y elegir. Esta es una de las cualidades universales que nos une como seres humanos: no importa qué tan poderosa sea una persona, cada día debe hacer nuevas apuestas en su vida, cediendo opciones, y aceptando el riesgo de fracasar.

Ningún ser humano ha disfrutado hasta el momento una vida de certezas. 

Si confiar en la persona equivocada en la época tribal podía significar hambruna, frío y/o la muerte…

…En el siglo XXI las consecuencias de las malas apuestas son menos drásticas, pero tenemos tantas opciones y un rango de objetivos tanto más amplio que las probabilidades de equivocarnos son más altas que nunca.

En lugar de que nos almuerce un león, tal vez trabajemos años en empleos que detestamos por haber apostado a la carrera o la empresa equivocada, o quizás lancemos un emprendimiento sin chances de éxito, o tengamos sucesivas relaciones amorosas destinadas al fracaso.

Consumismo, fanatismo, soledad, apatía, confusión, fantasía, ira… Son algunas de las condiciones de vida más comunes en el mundo de hoy, y el resultado de dar nuestra atención e invertir nuestros recursos en las cosas incorrectas.

Si queremos tomar mejores decisiones, debemos analizar si nuestro criterio de selección es el más apropiado para nuestro contexto actual.


La Confianza en la Actualidad

En el siglo que nos toca vivir, casi todo lo que buscamos del mundo requiere que alguien confíe en nosotros para conseguirlo.

Trabajo, amor, clientes, amistad, socios, etc… Todo lo que buscamos se encuentra “detrás” de otra persona. Alguien debe apostar por nosotros para darnos aquello que buscamos, aceptando el riesgo de que les fallemos. Esas apuestas no ocurren hasta tener un cierto grado de confianza en nosotros y nuestros futuros resultados:

  • Si busco trabajo, mi futuro empleador debe confiar en que haré un buen trabajo antes de contratarme.
  • Si busco pareja, alguien debe confiar en que puedo ser la pareja que busca antes de elegirme.
  • Si busco clientes, alguien debe confiar en que mi producto o servicio hará lo que promete antes de pagarme.
  • Si busco talento, alguien debe confiar en que su trabajo en mi empresa le ayudará a conseguir sus objetivos antes de aceptar el puesto.
  • Si busco inversión, alguien debe confiar en mi capacidad de devolver esa inversión y generar ganancias antes de dar su capital.

Nuestros objetivos se cumplen como resultado de diferentes colaboraciones que hacemos con otras personas a lo largo del tiempo.

Inclusive objetivos más abstractos y nobles como la felicidad, la salud o la sabiduría son en gran parte el resultado de nuestras relaciones y contexto social. En otras palabras, nuestra felicidad, salud y sabiduría también dependen en cierto grado de rodearnos y confiar en las personas correctas.

Vale aclarar que la confianza no es binaria, sino que se debe evaluar a lo largo de un espectro. No es cuestión de confiar completamente o no confiar en absoluto, sino de cuánta confianza se necesita para cada apuesta. No es lo mismo confiar en que mi amigo va a jugar bien al fútbol si lo invito a un partido, que confiar en que alguien va a ser una buena pareja de por vida… Y aún en estos casos, la confianza se va otorgando y recibiendo gradualmente a medida que avanza la relación (esta es la función de las citas).

Los saltos que debemos hacer para confiar en otra persona no suelen ser “al vacío”, sino escalonados.

Entonces, recapitulemos nuestras premisas:

  1. Tenemos un límite biológico sobre la cantidad de personas en las que podemos confiar;
  2. Hoy en día hay más opciones que nunca sobre cómo utilizar nuestro tiempo, energía, dinero y otros recursos limitados;
  3. Casi todo lo que buscamos se consigue como resultado de algún tipo de colaboración con alguien más;
  4. Toda colaboración requiere cierto grado de confianza previa;
  5. La confianza se otorga y recibe gradualmente.

Teniendo en cuenta estas condiciones, la pregunta que debemos hacernos es:

¿Cómo sabemos en quién o en qué confiar nuestros recursos limitados en cada momento?


Nacen las Grandes Instituciones

Como vimos antes, en la época tribal debíamos conocer a los miembros de nuestra tribu para confiar en ellos y funcionar como grupo. Pero a medida que las tribus dieron paso a sociedades más grandes y complejas, este método de confianza íntimo de persona a persona se volvió difícil de practicar porque no somos capaces de conocer, recordar o siquiera visualizar grupos de miles o millones de personas. Sin memoria, no hay confianza.

Entonces, ¿cómo logramos superar nuestras limitaciones de confianza y colaborar a semejante escala como para volvernos la especie dominante del planeta?

El académico Yuval Noah Harari lo explica muy bien en su libro “Sapiens”: gracias a nuestra capacidad de imaginar colectivamente. Aunque no podíamos confiar en todas las personas que nos rodeaban, con el tiempo creamos entidades que representaban la confianza y creencias de los miembros de esa sociedad. Dejamos de confiar en cada individuo para confiar en un pequeño grupo de entidades que actuaban como intermediarias y multiplicadoras de confianza para facilitar nuestra colaboración.

El mejor ejemplo de esta clase de entidades es el dinero.

El dinero es el sistema de confianza entre personas más eficiente jamás creado; no es necesario conocer a la persona de la que recibo dinero para confiar en ella. Solo necesito confiar en el dinero.

Cuando otra persona tiene un deseo que nosotros podemos satisfacer, y está dispuesta a ceder dinero por ello, ese deseo pasa a tener valor para nosotros (incluso si antes no lo tenía) porque significa recibir dinero que luego intercambiaremos con otra persona por algo que deseamos.

No necesitamos confiar en la persona para confiar en su dinero.

Cuando un grupo de personas acepta cierto tipo de moneda como garantía de confianza, pueden colaborar entre ellas de múltiples maneras sin importar qué tan grande sea el grupo.

Harari explica, por ejemplo, que judíos, cristianos y musulmanes podrán no coincidir en los asuntos de la fe, pero coinciden en el valor del dinero, y por eso pueden colaborar entre sí. Mientras la religión requiere que creamos en algo abstracto, el dinero pretende que creamos en algo que todos pueden ver y tocar.

Por eso el dinero es más universal que cualquier lenguaje, conjunto de leyes, creencia religiosa, idiosincrasia o construcción social. Es un puente de confianza que supera abismos culturales.

Pero el dinero es solo una de estas entidades imaginarias que nos permitieron colaborar a gran escala. Las religiones, los estados, las empresas, las universidades, los bancos, los medios, y muchas otras instituciones con las que interactuamos cada día son ejemplos de estas entidades centralizadoras de la confianza e información de las sociedades modernas.

Aunque la confianza directa, sin intermediarios, entre dos personas muy cercanas (ej.: madre e hija, mejores amigos) es de tan alta calidad que pueden colaborar en todo tipo de maneras (“¿me cuidas al bebé? ¿me prestas tu computadora? ¿puedo quedarme a dormir en tu casa?”), el crecimiento de la humanidad impuso la necesidad de ir más allá de esas relaciones tan cercanas.

Similar a cuando bajamos la resolución de una imagen o video para que sea más rápido transferir el archivo, organizarnos alrededor de instituciones significó “bajar la resolución” de nuestra calidad de confianza para poder confiar más rápido en más personas.

No confiamos en el Estado o en la Iglesia como confiamos en nuestra madre o mejor amigo, pero confiamos lo suficiente como para escuchar, evaluar, y muchas veces aceptar la información que nos brindan sobre cómo llevar adelante nuestras vidas.

Las instituciones que creamos asumieron los roles de indicarnos qué leer, qué escuchar, a quién votar, dónde hacer negocios, a dónde viajar, qué comprar, qué estudiar…

En otras palabras, las instituciones adquirieron la responsabilidad más grande en una sociedad: informar a sus miembros sobre qué apuestas deben hacer en sus vidas si quieren lograr sus objetivos.

Responsabilidad que, según nos cuenta la historia, rara vez es ejercida responsablemente…


El Fracaso de las Instituciones

Como en los museos, las instituciones eligen qué mostrarle a la sociedad.

Toda institución funciona como “cuello de botella”: entra mucha información, pero libera una versión reducida de dicha información a la sociedad que representa.

Los medios observan millones de hechos diarios, pero solo informan un puñado de ellos. Las universidades observan las tendencias del mundo profesional y eligen una cantidad limitada de temas y habilidades para enseñar. El sistema democrático moderno invita a miles o millones de personas a que comuniquen sus necesidades y preferencias, pero las concentra en un pequeño grupo de candidatos quienes luego implementan medidas a gran escala supuestamente representativas de la voluntad de los ciudadanos.

La reducción de la realidad es intrínseca al diseño de estas instituciones. Sin reducción, ninguna institución podría cumplir su rol debido a la complejidad de la información del mundo real.

En principio, esta “curación” realizada por las instituciones no tiene nada de malo. Los seres humanos necesitamos ayuda para procesar la complejidad de la vida moderna. Esta necesidad de curación es justamente la razón de la existencia de estas instituciones.

Pero el resultado de esta curación de información sólo es útil para la sociedad siempre y cuando responda a las necesidades de las personas.

Los medios solo funcionan siempre y cuando las personas aceptemos que su selección de eventos a comunicar son los más relevantes para nosotros.

Las universidades solo funcionan siempre y cuando las personas aceptemos que su selección de carreras y materias son las más apropiadas para el mundo profesional del futuro.

La democracia moderna sólo funciona siempre y cuando las personas aceptemos que los candidatos y/o gobernantes representan nuestras necesidades y preferencias y desean tomar las medidas correctas.

Asegurarnos que el diseño y los incentivos de quienes representan a cada institución esten alineados con las personas cuya confianza representan es esencial para saber si debemos escuchar lo que nos dicen, y tal vez más importante aún, ignorar lo que omiten.

Cada vez que una institución nos brinda una versión reducida de la información existente, también reduce el abanico de opciones disponibles. Partir de la premisa de que cada institución tiene los intereses de las personas a quienes informa como prioridad es fundamental para que confiemos en su proceso de curación y en la información provista. Su validez y efectividad solo pueden medirse si partimos desde la responsabilidad y razón de ser de la institución.

A fin de cuentas, ¿qué tanto confiamos en una institución cuando no cumple con su razón de ser?:

  • ¿Confiaríamos en la iglesia si descubrieramos que su principal motivación es aumentar su número de creyentes, en lugar de ayudar a sus seguidores a vivir mejor?
  • ¿Confiaríamos en el poder legislativo si su motivación fuese controlar o explotar a la sociedad en lugar de ayudar a las personas a resolver sus conflictos en pos de la máxima colaboración posible?
  • ¿Confiaríamos en las universidades si aprendiéramos que su prioridad es maximizar sus ganancias o la permanencia de sus dirigentes en sus cargos en lugar de presentar a los estudiantes con las mejores opciones y metodologías para convertirse en profesionales satisfechos y valiosos para la economía?
  • ¿Confiaríamos en los medios si aprendiéramos que prefieren crecer su audiencia e ingresos antes que contextualizar los hechos recientes para que tomemos mejores decisiones sobre nuestra vida?

Lamentablemente, estos han sido los efectos secundarios de la centralización de información, y las personas lo están percibiendo: en 2017 la confianza de las sociedades occidentales en sus instituciones tocó su punto más bajo histórico. Los ciudadanos sienten, más que nunca antes, que el sistema está roto y que no hay esperanza para su futuro, debido a la credibilidad decreciente de los gobiernos, empresas, medios, y sus representantes.

Si bien las motivaciones de los representantes de las instituciones a veces coincide con el interés de la sociedad, esto no ocurre con frecuencia. Las instituciones, como cualquier sistema, funcionan según su diseño e incentivos. Sin importar el noble propósito y elevadas aspiraciones de sus inicios, y sin importar los cambios de contexto y alternativas disponibles para la sociedad, las personas que trabajan en cada institución están incentivadas, por sobre todo, por la supervivencia de dicha institución. Como dijo el novelista Upton Sinclair: “es difícil que una persona comprenda algo, si su salario depende de no comprenderlo.”

El autor Nassim Taleb explica que las personas actúan diferente si tienen algo que perder con sus decisiones (el término en inglés es “skin in the game”). Como ya mencionamos, cada decisión implica riesgos, y Taleb argumenta que la calidad de cada decisión depende de si la persona asume o evade sus posibles consecuencias negativas. Taleb dice que solo debemos prestar atención a quienes asumen el riesgo de sus decisiones, y evitar a quienes transfieren ese riesgo y las consecuencias negativas a la sociedad.

Un ejemplo positivo es la industria aérea, en la que sabemos que podemos confiar en el piloto del avión porque si se equivoca y el avión se estrella, pagará el mismo precio que nosotros. Cuando los representantes de una institución pagan el precio de sus errores, el sistema elimina a quienes toman malas decisiones y con el tiempo se vuelve más seguro y efectivo para la sociedad.

La corrupción ocurre cuando una institución transfiere el riesgo de sus decisiones a la sociedad.

Esto explica el fracaso gradual y creciente de tantas instituciones en el mundo actual; sus representantes reciben las recompensas de la supervivencia y funcionamiento de su institución, pero cuando se equivocan, los demás pagamos el precio.

Por ejemplo, cuando un periodista o académico realiza una predicción pública sobre el futuro, suele recibir dinero o atención de audiencias que confían en su palabra y siguen sus consejos. Pero si sus predicciones resultan ser erróneas, este “intelectual” no se ve obligado a devolver ese dinero, disculparse públicamente, o enfrentar castigo alguno; las consecuencias negativas son transferidas a su audiencia, quienes pagarán el precio por haber seguido sus consejos y creído en su palabra.

Cuando las universidades venden planes de estudio y emiten certificados con la promesa, explícita o implícita, de empleabilidad, no le devuelven su dinero ni su tiempo al egresado si luego no consigue trabajo. A pesar de que las universidades tienen la responsabilidad de brindar experiencias formativas acorde al contexto del mundo laboral, es la sociedad la que paga el precio de la incapacidad de la universidad de entender cómo lograrlo.

Cuando un político hace promesas en sus campañas o mandatos, y después fracasa en cumplirlas, no devuelve sus sueldos, visibilidad, contactos, o inversiones ganadoras que hizo gracias a la información privilegiada de la que disponía durante su gestión. Es la sociedad la que debe lidiar con las consecuencias de sus pobres apuestas… Apuestas que tal vez habrían sido diferentes si el político tuviera que pagar el mismo precio que aquellos a quienes gobierna.

Esta transferencia de riesgo ocurre en estas instituciones centralizadoras por dos posibles motivos: 1) están diseñadas para crecer y sobrevivir antes que proteger a las sociedades cuya confianza representan, o 2) dejaron de cumplir su propósito con efectividad debido al cambio de contexto, y se corrompieron en lugar de desaparecer (el sistema hace lo que sea necesario para perdurar, incluyendo traicionar a su misión de ser necesario).

Es por esto que decimos que el sistema “escupe” a aquellas personas que quieren hacer las cosas correctas en instituciones corruptas, como la política o los medios: la supervivencia de la institución, y la permanencia de sus representantes, rechazan cualquier resistencia ante los mecanismos mediante los cuales la institución perdura.

Vale la pena aclarar que esta corrupción institucional no es necesariamente siempre el resultado de la “maldad” de sus representantes; son seres humanos, y por lo tanto poseen los mismos límites biológicos que cualquier otra persona. El escritor Colin Marshall dijo: “Gané cierta madurez al admitir que no puedo imaginar a 6 mil millones, 6 millones, o tal vez ni siquiera 60 personas.”

Ya sea por egoísmo y corrupción, o por límites mentales para procesar la complejidad del mundo actual, hoy en día ninguna institución centralizadora de confianza puede darnos la mejor información ni tomar las mejores decisiones para cada situación específica individual.

Es hora de que busquemos una alternativa para informarnos en nuestro complejo mundo post-tribal…


La Oportunidad para Corregir el Rumbo

Hoy vivimos en la era de la conectividad.

Hace no mucho tiempo atrás, la televisión y los periódicos eran la única forma de mostrarle al mundo que habíamos llegado a la luna, pero hoy un astronauta puede publicar un tweet desde el espacio y nosotros recibirlo de inmediato sin importar dónde estemos, gracias a la combinación de internet, redes sociales, y smartphones.

Lamentablemente, el principal beneficio que solemos resaltar de la conectividad es el acceso a cualquier información en cualquier momento y lugar, siempre y cuando haya sido codificada (textos, imágenes, videos, líneas de código, etc.), a través de diferentes plataformas como Google, Wikipedia, Amazon, Facebook, Twitter, Youtube, Github, y muchas más…

Hay tres grandes problemas con esta interpretación.

El primer problema es que la proliferación de los buscadores y las redes sociales como nuestras principales fuentes de información creó lo que Eli Pariser llama “burbujas de filtros”; los algoritmos detrás de estas tecnologías eligen qué compartirnos según nuestros hábitos y preferencias como usuarios. El resultado es que terminamos aislados en “burbujas” ideológicas y culturales propias de cada usuario, que nos privan de múltiples oportunidades y noticias valiosas, simplemente por no coincidir con los criterios algorítmicos.

Esto no es accidental: el modelo de negocios de estas plataformas de contenidos es la venta de datos sobre sus usuarios, no la venta de la información que brindan “gratuitamente” a sus usuarios. Su éxito, y el de sus algoritmos subyacentes, se mide por la cantidad de tiempo e interacciones que las personas dedican a la plataforma, no por la calidad de su información. Su propósito es darnos lo que saben que nos gusta y entretiene, no lo que necesitamos.

Al igual que las instituciones tradicionales, estas plataformas también tienen agendas frecuentemente desalineadas y hasta contrarias a los mejores intereses de sus usuarios. Sus algoritmos responden, ante todo, a los intereses de sus representantes, no los de la sociedad.

Además, debido a la expansión de Internet y smartphones, vehículos que permitieron la adopción masiva de las redes sociales, hoy hay más burbujas que nunca. Irónicamente, en la era de la conectividad hay más información sesgada u oculta a cada persona, lo que genera una desconexión entre nosotros sobre qué es real o relevante, y dificulta saber a qué debemos darle nuestra atención y en qué o quién debemos apostar. Como temía Aldous Huxley, en las palabras de Neil Postman, “la verdad se ahogó en un mar de irrelevancia.”

El segundo problema es la diferencia entre la información que las personas reciben, procesan y utilizan día a día, ya sea online u offline, y la relativamente pequeña porción de dicha información que codifican y publican. Hay más información en el consciente, subconsciente y diálogos de las personas que la que hay en Internet; muy poco de lo que vemos, oímos y pensamos llega a la web, y muchas personas no utilizan la web en lo absoluto.

El tercer problema es el tiempo que demoramos las personas en codificar y compartir información. Al igual que las estrellas que dejaron de existir pero aún podemos ver en el cielo, pueden transcurrir segundos, semanas o años desde que una persona recibe y procesa nueva información, imagina el contenido que desea codificar, y finalmente publica dicho contenido.

Este concepto tal vez no sea agradable para los tecnólogos fanáticos de la narrativa de la “singularidad” y el eventual poder superior de las máquinas sobre las personas, pero la información codificada en Internet es una porción pequeña y desactualizada de la información existente a cada momento en la sumatoria de las personas del mundo.

Información siendo transferida.

Como explica Jaron Lanier en su libro “Who Owns The Future?”, la verdadera amenaza al reducir la información que analizamos a los contenidos disponibles en Internet es que también reducimos las opciones que tenemos disponibles. Motivados por nuestra fe en la tecnología, a veces nos auto-convencemos de que la tecnología es más “sabia” de lo que es en realidad… Por ejemplo, cuando le hacemos una pregunta a Google, ¿es la respuesta de Google la mejor posible, o solemos disminuir nuestro estándar de calidad informativa para estar conformes con los resultados recibidos? ¿Cuánta información estamos ignorando por limitar nuestra exigencia a lo que se encuentra codificado en Internet?

Debemos mencionar estas desventajas de la interpretación tradicional de la información a nuestro alcance en la era de la conectividad, pero también debemos ser criteriosos y apreciar sus principales ventajas: permanencia, reconfiguración, e indexación.

Primero, la conectividad en su formato actual nos permite acceder a toda la información codificada y publicada por la humanidad en Internet en sus diferentes formatos, sin que se pierda con el tiempo o por su uso. Hoy podemos leer textos de Socrates o ver videos de la segunda guerra mundial desde nuestro smartphone, y cada vez más contenidos del pasado están siendo digitalizados y publicados en Internet.

Segundo, podemos re-utilizar y modificar la información en Internet para crear nuevas configuraciones de información, como un video que muestra fotografías publicadas por otras personas, o un artículo que cita y enlaza otros artículos en la web. Esta ventaja no se limita a la información, sino que esta reconfiguración de contenidos puede dar como resultado nuevos sistemas digitales, como un nuevo software que re-utiliza partes del código de otros softwares o repositorios.

Tercero, encontrar la información codificada que deseamos, aunque no está garantizado, es más probable debido a los muchos sistemas de indexación subyacentes a las tecnologías que utilizamos. Todo tipo de líneas de código, algoritmos y bases de datos facilitan (e influyen) nuestro rastrillaje a través de los contenidos publicados en la web. Asumiendo que lo que buscamos existe, y que sabemos utilizar los sistemas de indexación, hay buenas chances de dar con ello.

Vale aclarar que aunque tecnologías como “machine learning” pueden llegar a configuraciones de información que ningún ser humano podría alcanzar por sí mismo, como los casos de AlphaGo o Deep Blue venciendo a los mejores jugadores de Go y ajedrez respectivamente, se necesita la contextualización humana para que dicha configuración tenga significado. Perder en juegos de mesa ante las máquinas no es particularmente relevante; el impacto real de estas tecnologías está sujeto a su interpretación, transformación e implementación en la vida de las personas, y solo los humanos pueden realizar esas acciones.

Cuando analizamos estas ventajas y desventajas en conjunto, podemos ver que la información publicada en Internet es más valiosa para investigar, entender y aprovechar lo aprendido en el pasado, pero al igual que durante nuestras épocas tribales, la información que fluye a través de la vida de las personas es más amplia, actual, y por lo tanto valiosa para lidiar con el futuro.

Inclusive la creación de nuevos sistemas como software o hardware que surgen gracias al aprendizaje y/o reconfiguración de los contenidos codificados y publicados en la web son resultados tardíos, si los comparamos con las ideas previas a su materialización. Para cuando algo se vuelve tangible, estuvo antes gestándose previamente en la mente de una o más personas.

Por ejemplo, las personas que invirtieron primero en las ideas o las personas detrás de empresas como Apple o Airbnb se vieron más beneficiadas, y llegaron al futuro antes, que quienes invirtieron en su hardware o software. La imaginación y las conversaciones entre las personas son siempre el punto de partida del proceso creativo humano, y quienes tuvieron acceso a esas personas durante ese proceso pudieron decidir cómo aprovechar esas oportunidades antes que quienes tuvieron que esperar por una versión pública, codificada y tardía de esa información.

Debido a la complejidad y ritmo de los cambios que debemos navegar cada uno de nosotros hoy en día, el mayor valor de la conectividad no es la posibilidad de acceder a más contenidos, sino la posibilidad de acceder a más personas y más información “fresca” para hacer mejores apuestas para nuestro futuro.


Las Personas son Información

Comenzamos nuestro camino desde nuestro pasado tribal para contextualizar el valor de las instituciones centralizadoras y de los contenidos online, y así entender que ni las instituciones ni los contenidos responden al criterio ideal de información que necesitamos hoy en día.

La información óptima proviene de nuestras relaciones directas con otras personas, debido a que son la mejor fuente de información actual y relevante para nuestra situación específica.Ya sea que necesitemos contextualización (“¿cómo debería prepararme para el avance de la robotización?”) o recomendaciones (“¿quién es un buen diseñador freelance? ¿cuál es el mejor software para organizar mis tareas?”), el acceso a información valiosa cuando poseemos una red amplia y diversa de relaciones de confianza no tiene igual.

Las instituciones, aunque están formadas por personas, no brindan información actual y específica. Sus procesos de centralización y simplificación de la información enlentece sus capacidades para entender la complejidad de los hechos y del contexto. En el pasado, el ritmo de cambio era lento y la información podía ser relevante durante largos períodos de tiempo, por lo que las demoras de la centralización eran justificadas. Pero con la llegada de la conectividad, nace un ciclo virtuoso de innovación con ritmo exponencial: más información fluye más rápido entre más personas, lo que nos brinda más opciones, que generan más cambios más rápidamente, que a su vez representan más información nueva, y el ciclo vuelve a empezar, cada vez a mayor escala y con mayor velocidad.

Por otro lado, la curación para grandes grupos de personas que realizan las instituciones les impide cubrir las necesidades de información específicas para cada individuo. Aún en el caso utópico de que preserven la pureza y ética de su misión, la prioridad de las instituciones al procesar y liberar información es servir a todos los miembros de la sociedad por igual. No están diseñadas para customizar su mensaje a las condiciones únicas de cada persona.

Por primera vez en la historia y gracias la tecnología actual, cualquier individuo puede “saltearse” las instituciones y consultar de forma directa a cualquier persona, sin importar su ubicación, y recibir la información más relevante y específica para su situación en particular. La conectividad nos permite recuperar parte de nuestro sistema tribal de transferencia de confianza entre individuos, pero con alcance global.

Hoy en día, todo individuo que desee tomar buenas decisiones para su futuro debe aprender a buscar información en relaciones nuevas o existentes en lugar de conformarse con los contenidos de la web o las respuestas de las instituciones.

Hoy todos debemos cambiar la lente de “¿qué debería saber?” por “¿con quién debería conversar?” “¿Quién tiene el conocimiento, la perspectiva, el contacto, la experiencia, los recursos, la habilidad que necesito… y cómo puedo llegar a esa persona?”

La conectividad sirve para llegar a más personas por sobre contenidos.

Por ejemplo, si quiero entender el estado actual y potencial de la robótica y discernir lo que es fantasía y lo que es realidad, primero es preferible conversar con ingenieros trabajando cada día en esas tecnologías en lugar de leer artículos periodísticos o escuchar presentaciones de divulgadores.

Si quiero entender cómo ser un exitoso profesional en la industria del marketing, primero es preferible conversar con profesionales destacados por su trabajo en la industria, en lugar de hacer una carrera universitaria.

Si quiero entender el potencial y los riesgos de un posible socio o empleado, primero es preferible conversar con referentes que conozcan o hayan trabajado con esa persona, en lugar de filtrar perfiles mediante credenciales como hojas de vida y títulos académicos.

Si quiero entender y superar mis problemas emocionales o espirituales, primero es preferible conocer y conversar con personas que sufren o sufrieron los mismos problemas, en lugar de aceptar instrucciones culturales tradicionales o religiosas sobre cómo interpretar y procesar nuestra condición.

Esto no significa que las personas a las que acudamos siempre actuarán priorizando nuestros intereses. Las personas, como las instituciones, también pueden tener incentivos opuestos a los nuestros, y darnos información sesgada. Pero la conectividad nos permite escuchar a un mayor rango de personas con diferentes puntos de vida, reunir y evaluar información de diferentes fuentes, encontrar contradicciones, y llegar a las conclusiones más valiosas para nuestra situación.

La conectividad nos invita a imaginar a cualquier individuo como un potencial informante. Ya no necesitamos intermediarios para llegar a los protagonistas de los cambios o las nuevas oportunidades.

Aunque todavía estamos en las etapas tempranas de la conectividad, a medida que las maneras de conectarnos se multiplican (más canales), diversifican (canales para diferentes objetivos) y especializan (mayor efectividad y precisión de comunicación a través de los canales), la centralización perderá más y más terreno ante las relaciones de confianza entre las personas.


Más Relaciones, Más Igualdad

Todos sabemos que la vida no es justa, en gran parte porque el punto de partida de cada persona es diferente. Desde nuestra concepción, todos participamos de dos “loterías” que influyen sobre nuestro potencial: nuestros genes y nuestro contexto social (familia, ciudad, etc.).

Crucemos los dedos por que los líderes en innovación genética se dediquen a equilibrar el terreno entre los humanos, y no darle más ventajas a las personas con más recursos… Pero inclusive nuestros genes son secundarios a nuestra red de relaciones; mientras mejor “conectados” nacemos, más y mejores son nuestras fuentes de confianza e información desde el día uno. El capital social es la mayor fuente de desigualdad del mundo, y las diferencias de acceso a dinero, educación, aspiraciones o infraestructura son consecuencias del contexto que nos rodea.

Este ensayo nos invita a hacer dos reflexiones:

Primero, como sociedad, debemos reconsiderar nuestra premisa educativa. Nuestro énfasis durante tanto tiempo en “planes de estudio” y transmisión de contenidos dejó como legado un modelo incompleto sobre cómo fomentar aprendizaje y crecimiento en las personas.

La estrategia formativa actual produce una mayoría de individuos sobre-educados pero sub-conectados; pasamos gran parte de nuestra vida, dentro y fuera del aula, escuchando y leyendo diferentes contenidos, mientras que el principal obstáculo para muchas personas será su falta de contactos con posibles empleos o socios, o las percepciones limitantes de su contexto familiar, o la ausencia de perspectivas de aquellas personas que podrían activar su motor creativo. Al final del día, y a pesar de nuestras buenas intenciones educativas, mucho conocimiento se olvida con el tiempo, y tanto otro se desperdicia sin las relaciones necesarias para encontrar la manera de ponerlo en uso.

Adquirir conocimientos y habilidades es, por supuesto, esencial para convertirnos en miembros valiosos de la comunidad… Pero esta priorización desbalanceada resultó en negligencia sobre la importancia de las relaciones y redes de confianza en el triunfo profesional y bienestar emocional de las personas. En la era de la conectividad, las sociedades deben reformular la narrativa de éxito e independencia, alentando a sus miembros a que trabajen tanto en sus relaciones y habilidades interpersonales como lo hacen en su formación tradicional.

Segundo, como individuos, debemos reconsiderar si estamos invirtiendo la cantidad de tiempo y recursos necesarios en el desarrollo de nuestro capital social y habilidades interpersonales, considerando su rol en nuestras posibilidades de vida. Algunos principios a tener en cuenta:

  • Ampliar y diversificar (edad, profesión, industria, ciudad, género, etc.) nuestras relaciones directas con aquellas personas cuyas opiniones, acceso o experiencia puede ser valiosa o relevante para nosotros.
  • Ser paciente con el desarrollo de nuevas relaciones y su valor, porque la confianza se construye gradualmente.
  • Tener en cuenta que la mayoría de las oportunidades profesionales y perspectivas valiosas se encuentran en nuestros “lazos débiles”; aquellas relaciones de segundo y tercer grado pertenecientes a contextos y círculos sociales diferentes a los nuestros.
  • Identificar y construir relaciones con personas que 1) actúen como “curadores” de conclusiones en escenarios complejos con un grado elevado de “ruido” informativo o polarización de opiniones, 2) nos puedan prestar atención y dar recomendaciones customizadas para nuestra situación específica, y 3) cuyos consejos tengan las menores chances de estar sesgados por sus intereses personales o institución a la que pertenecen.

Por sobre todo, en la era de la conectividad, cada uno de nosotros debe aplicar con rigurosidad el principio de “via negativa”: mejorar nuestra vida a través de la eliminación de factores ineficientes o potencialmente dañinos.

Mientras sigamos expuestos a agendas institucionales cuya prioridad es su supervivencia por sobre nuestro bienestar, y saturados o mareados por la infinidad de contenidos digitales, nuestra red de relaciones de confianza es el mejor filtro posible para saber qué NO leer, a quién NO escuchar, qué NO estudiar, con quién NO trabajar, con quién NO formar una pareja…

Como dice Nassim Taleb, “aprender a vivir es saber qué evitar”.


Soñando con un Mundo Organizado

La mayoría de los problemas del mundo se deben a nuestras dificultades como especie de comunicarnos y colaborar con eficiencia en grandes números.

Para resolver la mayoría de nuestros desafíos individuales como conseguir empleo, mejorar las ventas de nuestro emprendimiento, recibir consejo, o simplemente sentir que no estamos solos, necesitamos de los demás. El humano es un animal social que necesita de sus relaciones para alcanzar su máximo potencial; cuando buscamos algo, buscamos a alguien.

Inclusive desafíos masivos como pobreza extrema, discriminación, extinción de especies o escasez de recursos naturales, dependen del diálogo y la coordinación de grandes cantidades de personas. Los humanos estamos motivados por la búsqueda constante de progreso, exploración y la expansión de nuestras opciones, pero a medida que avanza la tecnología y la globalización, nuestros problemas se vuelven más difíciles de resolver por los esfuerzos de grupos pequeños o aislados de personas.

Desafíos globales requieren acuerdos y coordinación global. Esa debería ser la aspiración, la utopía lejana, de la conectividad. Pero para lograrlo debemos eliminar o reemplazar aquellos modelos de información y tomas de decisión que nos confunden o demoran: instituciones e individuos que brindan información sesgada por priorizar sus intereses personales y que no asumen la responsabilidad o pagan el precio del daño que le hacen a las sociedades que suponen representar.

La tecnología actual ya es suficiente para dar un salto como especie; solo debemos reimaginar cómo utilizarla. Si mejoramos nuestros sistemas de comunicación para entendernos mejor, y nuestros sistemas de información para saber a quién escuchar y con quién colaborar ante cada desafío, los humanos podemos alcanzar una mejor distribución de oportunidades y riqueza, una democracia más justa y efectiva, y la sustentabilidad de nuestro planeta y sus recursos naturales.

Si nos organizamos podemos resolver más rápido los problemas del mundo.


Gracias a Carlos Fontana, Cecilia Calos, Natalia Ceruti, Alfonso Villalba, Gustavo Giorgetti, Michel Mosse, Jerry Michalski, Hernán Soulages, Matt Aaron, Joaquín Moreno y Nicolás Waldman por su ayuda leyendo versiones en borrador de este ensayo, y por sus comentarios y sugerencias para mejorarlo. Especiales gracias a Sofia Giusiano por su acompañamiento dedicado y detallado durante los comienzo de este ensayo, y por su rol de curadora de mis ideas.

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